Hasta el 15 de marzo de 2009 está abierta la convocatoria para el envío de colaboraciones con destino a la sección monográfica del número 50 de la RIE que tratará el tema de la relación entre la escuela y el fracaso escolar, preferentemente, desde la perspectiva definida por la siguiente,
Fundamentación.
De los sistemas educativos, y en particular de su capacidad para garantizar condiciones de equidad, dependerá una participación igualitaria en la producción, recreación y apropiación de contenidos socialmente significativos.
Estamos lejos de sostener que todo dependa de la educación ya que, otros ordenes y factores de la vida social pueden tener mayor incidencia y determinación en la conformación del ordenamiento y estructuración de la sociedad. Sin embargo, siendo conscientes de los límites que impone la realidad social y teniendo en cuenta las tendencias identificadas en esta época de transición, la educación pasa a jugar un papel significativo en lo que hace a la inclusión o exclusión de las personas y los grupos en la sociedad del mañana.
Para los países de América Latina existen problemas estructurales en el campo de la educación, deudas históricas, auténticos nudos críticos como la repitencia, la sobre edad y el desgranamiento (deserción) que continúan siendo significativos en los sistemas educativos. Mucho más agudizado el problema frente a la masificación de la educación básica y la extensión de la obligatoriedad. Puede decirse que la expansión escolar tiende, paradójicamente, a crear una nueva exclusión, la exclusión educativa, que viene a sumarse a otros factores de riesgo y vulnerabilidad social.
Detrás de esto aparece el “fantasma” del fracaso escolar. Concepto difícil de definir y de comprender y más difícil todavía de abordar. Lo que es claro es que no se trata de un fenómeno natural, sino de una realidad construida en y por la escuela, “donde se proyecta y adquiere visibilidad todo el entramado de relaciones que en cada contexto social, institucional y personal tejen los vínculos siempre complejos entre la sociedad, los sujetos, la cultura y los saberes, es decir la escuela como institución”.(J.M. Escudero Muñoz - 2005)
Los análisis y los esquemas de explicación sobre el fracaso oscilan, muchas veces, alrededor de comprensiones simplistas, apoyadas en la “falacia de la abstracción de la situación escolar”(R. Baquero - 2003), sin tener en cuenta las condiciones de enseñanza o las características del dispositivo que pone en juega la escuela . El fracaso escolar se liga, entonces, a los sectores sociales más desfavorecidos de la población y a la diferencia de aptitudes cognitivas -como es el caso del retardo mental leve, aquél que se “diagnóstica en el desempeño escolar” (A, Lus -2000)-. Siempre es un problema del sujeto o encubre su pertenencia social y cultural.
“El fracaso escolar no es el resultado de una incompatibilidad entre un sujeto y el proyecto escolar ni de una incapacidad esencial del sujeto delante de la institución; simplemente es un diagnóstico producido por un sistema en el que unas personas con unas técnicas y unos hábitos hacen pronunciamientos, valoraciones, que se concretan en notas o calificaciones. Con ellos enjuician la actuación o los productos del estudiante en el sistema escolar. “ (Jimeno Sacristán)
Ante las expectativas que produce una propuesta educativa que mantiene su concepción valorativa fundacional, el fracaso escolar viene a poner de manifiesto algún tipo de incongruencia entre aquellas y la posibilidad real de alcanzarlas.
Así, esa propuesta se ve desajustada, según los parámetros preestablecidos en la misma, respecto de los aprendizajes obtenidos.
El fallo puede estar en cualquier punto del sistema educativo, pero el actor en el que se materializa será siempre el mismo: el alumno fracasado.
Las consecuencias de este desajuste se traduce en la atribución de culpa al alumno. Sin embargo, el problema es que la escuela no consigue resolver sus contradicciones, optando por la exclusión de los fracasados, a quienes condena a renunciar a su derecho a la educación.
Como dice el propio Jimeno, hemos reducido el derecho a la educación al derecho a la escolaridad, por lo tanto, al privar a los fracasados de este último les estamos negando el más elemental.
De esta manera, la escuela se convierte en un mecanismo de exclusión basado en la supuesta incapacidad de quienes no satisfacen los requerimientos establecidos desde una institución fundada en los conceptos de homogeneidad y selectividad cuando, en su evolución histórica, las sociedades se han convertido en paradigmas de diversidad e iniquidad.
De allí que el fracaso escolar pueda ser analizado, también, desde la incapacidad institucional para hacer frente a la heterogeneidad de los demandantes del servicio educativo.
Si esto es así, resulta conveniente abandonar toda práctica reformista de la institución escolar para centrarse en la construcción de un sistema educativo que sea capaz de atender con éxito la formación de los ciudadanos según sus particulares y diferentes posibilidades y necesidades, contribuyendo con el resto de la sociedad en la tarea de establecer mecanismos y recorridos que tiendan a eliminar las desigualdades.
Proponemos trabajar, en este número de la RIE, en estas líneas u otras que se asocien a este tema del fracaso escolar, con el propósito de abrir preguntas más que cerrar respuestas a esquemas reducidos, peligrosos ideológicamente, teniendo en cuenta, que el tema del fracaso se liga al riesgo del destino educativo de muchos niños, y esto nos compromete éticamente
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